Acoso Sexual en Nicaragua

El acoso sexual, puede entenderse como una forma de violencia, que se ejerce casi siempre sin el consentimiento ni la provocación de las víctimas.

Por lo general se comete en espacios abiertos, círculos laborales, académicos o en la intimidad del hogar.

En espacios abiertos, como mercados, parques y parada de buses, el acoso es visto en Nicaragua como una conducta normal. Una manifestación de hombría que se inculca incluso sobre los más pequeños.

Basta con observar cómo algunos padres, enamoran a mujeres desconocidas, increpándoles comentarios lascivos y toqueteos incómodos aún delante de sus propios hijos.

Este tipo de comportamiento, han sido heredados de generación en generación, y sobre ellos, poco o casi nada, se ha hecho hasta la fecha.

Un estudio realizado en Junio de 2015 en Nicaragua, reveló que nueve de cada diez mujeres sufren de acoso callejero. Y lo que los hombres entienden como piropos, ellas lo sienten como una agresión a su integridad y condición de mujeres.

A pesar de que el acoso sexual es castigado en la mayoría de países, su práctica no ha disminuido; por el contrario, dicho acoso parece haber encontrado en las nuevas tecnologías, una excelente plataforma, sobre la cual se asientan sus novedosas formas de manifestación.

Fotos de desnudos, enlaces a sitios pornográficos y mensajes de texto, son solo algunos ejemplos de lo que hoy día pueden utilizar los acosadores en la era digital. Ya el espacio físico ha sido rebasado. No se necesita tener contacto directo con las víctimas.

El código penal de Nicaragua establece que “Quien de forma reiterada o valiéndose de su posición de poder, autoridad o superioridad demande, solicite para sí o para un tercero, cualquier acto sexual a cambio de promesas, explícitas o implícitas, de un trato preferencial, o amenazas relativas a la actual o futura situación de la víctima, será penado con prisión de uno a tres años”. (Art. 174, Código Penal).

A pesar de ello, el acoso sexual de los jefes es un mal recurrente en Nicaragua. Es una expresión de la pérdida de valores que como sociedad hemos venido sufriendo.

Las personas que han sido víctimas de acoso sexual, sufren un enorme deterioro en su salud mental y bienestar social. El miedo y la angustia, terminan por restarle valor a su condición de ser humano; y casi siempre, nos les queda más que acceder a las exigencias del acosador.

Efectivamente, las mujeres nicaragüenses acosadas sexualmente por sus jefes, no denuncian el delito, por miedo a perder el empleo y quedar todavía más vulnerables, a la hora de atender  las necesidades básicas de su familias.

Pero el acoso también lo cometen individuos, que usan la acusación de acoso sexual, como arma de chantaje y extorsión, que puede acabar rápidamente con la carrera y el prestigio de las personas acusadas de cometerlo.

Por tal razón, el acoso sexual debe verse como un mal que no solo lo cometen los hombres en posición de poder. Más aún, no ocurre solamente entre personas de sexos opuestos, también ocurre entre individuos de un mismo sexo y entre dos o más personas a la vez.

Corresponde pues a las autoridades, hacer valer las leyes y cuidar de las víctimas; en vez de acentuar su sufrimiento cuando dejan en libertad o ni siquiera juzgan, a quienes por su posición política, religiosa o social, se sienten, y de hecho se vuelven, invulnerables al castigo y a la ley.

En nuestras familias, los adultos debemos jugar un papel crucial para la prevención o denuncia de el acoso sexual como arma de dominación.

Desde niños, las personas deben saber que hay una gran diferencia entre un piropo y un acoso. Hay que enseñarle a nuestros hijos, que toda persona, por el solo hecho de serlo, merece respeto en su condición humana, y que respetando a sus semejantes, se respetan a ellos mismos.

Jerson
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